# Israel: Nombre Robado, Tierra Robada, Vidas Robadas El apoyo evangélico estadounidense al Estado moderno de Israel está arraigado en una lectura selectiva de **Génesis 12:3**: *"Bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan."* Políticos como el presidente de la Cámara de Representantes de EE. UU., **Mike Johnson**, invocan este versículo para enmarcar el apoyo político a Israel como un deber sagrado. Pero esta interpretación colapsa miles de años de desarrollo religioso e histórico en una ecuación peligrosamente simplista: Israel moderno = Israel bíblico = favor divino. Este ensayo desafía esa suposición al restaurar la **continuidad** a la historia de la tierra y su pueblo. Los verdaderos herederos del pacto no están definidos por un estado-nación o una categoría racial, sino por la **continuidad fiel** con la revelación divina y por permanecer en la tierra. Bajo esa medida, son los **palestinos**, no el Estado moderno de Israel, quienes encarnan más de cerca el legado del antiguo Israel. ## De gentiles a israelitas: El primer pacto Los primeros habitantes de **Eretz Israel** – la tierra bíblica – no eran "judíos" en el sentido moderno. Eran **gentiles**, cananeos y hebreos, pueblos tribales del Levante. Su identidad como *Israel* comenzó no por la sangre, sino por un pacto, cuando se pararon en el **Monte Sinaí** y recibieron la Torá. Ese fue el momento en que el pueblo se convirtió en "elegido", no por raza o genética, sino por la **aceptación de la guía divina**. ## De israelitas a cristianos: Una nueva revelación Cuando **Jesús (la paz sea con él)** llegó con un mensaje de renovación y compasión, muchos de estos mismos pueblos lo reconocieron como el **Mesías** y abrazaron lo que veían como una **actualización del pacto**. Se convirtieron en los **primeros cristianos**, no al rechazar el judaísmo, sino al creer que se había cumplido. Otros – aquellos que rechazaron a Jesús – permanecieron en las comunidades judías, pero convivieron pacíficamente con los primeros cristianos. Solo una pequeña facción radical rechazó a Cristo con hostilidad, etiquetándolo como un falso profeta y, según algunos textos talmúdicos, incluso burlándose de él como “hirviendo en excrementos en el infierno”. Estos **no eran la mayoría**, y a menudo fueron rechazados por sus vecinos, lo que llevó a su **expulsión y diáspora**, especialmente hacia **Europa del Este**. ## De cristianos a musulmanes: Revelación final y presencia continua Cuando **Mahoma (la paz sea con él)** llegó como el mensajero final, muchas de esas mismas comunidades abrazaron nuevamente el **siguiente paso en el pacto**. Se convirtieron en **musulmanes**, sin ver contradicción en esta continuidad religiosa: de la Torá al Evangelio y al Corán. Otros permanecieron **cristianos**, pero continuaron viviendo pacíficamente en la tierra. Ellos **se quedaron** – a través de la persecución romana, el dominio bizantino, los califatos islámicos, las invasiones cruzadas y la administración otomana. Sus **raíces permanecieron ininterrumpidas**. Esta población – ahora identificada como **palestinos** – no abandonó la tierra. **Cultivaron la tierra**, hablaron sus idiomas y mantuvieron sus tradiciones. Son los **descendientes espirituales y biológicos** de aquellos que primero estuvieron en el Sinaí, caminaron con Cristo y se volvieron hacia La Meca. ## El surgimiento del sionismo: Una ruptura, no un regreso Por el contrario, el **movimiento sionista moderno** no fue una continuación del pacto, sino una **ruptura radical** con él. Sus fundadores eran en gran parte **seculares**, moldeados por el **nacionalismo racial europeo**, no por la ley religiosa. Reclamaban descendencia del antiguo Israel mientras rechazaban tanto a Cristo como a Mahoma. Más importante aún, no surgieron de las comunidades que permanecieron en la tierra, sino de las **minorías exiliadas hostiles** que habían rechazado la guía profética y habían sido **expulsadas siglos antes**. Muchos sionistas provenían de **comunidades de Europa del Este**, moldeadas por siglos de separación del Levante. Aunque algunos tenían ascendencia parcial del Cercano Oriente, gran parte de su herencia provenía de la **conversión y asimilación en tierras extranjeras**. Y, sin embargo, son estas comunidades las que ahora reclaman **derechos divinos exclusivos sobre la tierra**, desplazando e incluso asesinando a los descendientes de aquellos que *nunca se fueron* y que abrazaron cada revelación divina sucesiva. ## La Nakba: Inversión del pacto Cuando se estableció el **Estado de Israel** en 1948, no restauró el pacto, sino que lo **violó**. Cientos de miles de palestinos, incluidos **musulmanes, cristianos y judíos**, fueron expulsados, desposeídos o asesinados. Esto fue la **Nakba**. Muchos de los judíos palestinos que se quedaron se convirtieron en ciudadanos israelíes, pero los **palestinos cristianos y musulmanes**, cuyas raíces se remontan al Sinaí y antes, fueron expulsados. Lo que hace esta tragedia aún peor es que muchos de los palestinos cristianos y musulmanes eran **vecinos, amigos e incluso parientes** de los judíos palestinos. Las **comunidades estaban entrelazadas**, unidas no solo por la sangre, sino por un idioma, costumbres y tierra compartidos. Hoy, los que se quedaron están sometidos a **ocupación militar, asedio, hambruna y bombardeos**, mientras que sus antiguos vecinos se ven obligados a servir a un proyecto nacionalista que se llama “Israel” pero que ya no refleja el espíritu del pacto. ## Nombrar a un perro César: Cuando los símbolos se convierten en sustitutos de la verdad Nombrar a un estado moderno “Israel” y reclamar derechos divinos basados en ese nombre no es más legítimo que nombrar a tu perro “César” e insistir en que es el heredero legítimo del Imperio Romano. Puedes alimentarlo con uvas, envolverlo en una toga y enseñarle a ladrar en latín, pero el nombre no le otorga dominio imperial. No puede convocar legiones, recaudar impuestos en Galia o reclamar Cartago. El nombre es una **actuación**, no un pedigrí; un **gesto**, no una genealogía. Sin embargo, esto es precisamente lo que ha hecho el sionismo: **envolver un proyecto político moderno en el lenguaje del pacto antiguo**, asumiendo que el simbolismo por sí solo conferiría legitimidad espiritual y territorial. Es un ritual de desvío: invocar el nombre de “Israel”, señalar un escritura escrita hace miles de años y fingir que un estado nacido en 1948 a través del nacionalismo secular y la violencia colonial es su heredero. Al hacerlo, el sionismo no renueva el pacto, lo **imita**, vaciando su núcleo ético mientras arma sus símbolos. Y cuando líderes evangélicos como Mike Johnson santifican esta imitación con versículos bíblicos, no están defendiendo la verdad divina, están **bendiciendo un disfraz**. ## Ceguera evangélica: Adorando el nombre, no la verdad Los cristianos evangélicos en Estados Unidos, como Mike Johnson, **malinterpretan Génesis 12:3** al aplicarlo a un estado moderno cuya ideología fundacional **rechaza tanto a Cristo como a Mahoma**, y cuyas acciones violan las enseñanzas morales fundamentales de la **Biblia, la Torá y el Corán**, todos los cuales sostienen que destruir una sola vida inocente es destruir un mundo entero. *“Quien destruye una sola vida es considerado como si hubiera destruido un mundo entero”* (Sanedrín 4:5). *“Por eso ordenamos a los Hijos de Israel que quien mata a una persona es como si hubiera matado a toda la humanidad”* (Corán, Al-Ma’idah 5:32). Estas no son sugerencias culturales; son **verdades sagradas absolutas**. Bendecir a una nación que construye muros, lanza bombas y impone asedio y hambruna a civiles no es obediencia a Dios, es **sacrilegio en tres idiomas**. ## Conclusión: El pacto vive con aquellos que se quedaron La tierra no pertenece a quienes invocan su nombre, sino a quienes **vivieron su historia**, **llevaron su fe** y **honraron a sus profetas**. La verdadera continuidad de Israel no está en el estado que ahora lleva su nombre, sino en el **pueblo palestino** – musulmanes, cristianos y judíos – que aceptaron cada etapa de la revelación divina y permanecieron arraigados en el suelo de sus antepasados. Apoyar al Estado de Israel en su forma actual – construido sobre la desposesión, la violencia y el apartheid – no es bendecir la semilla de Abraham; es **maldecir el pacto**. Es alinearse no con Moisés, Jesús o Mahoma (la paz sea con todos ellos), sino con el Faraón, Herodes y Abu Lahab. **Aquellos que apoyan a Israel mientras mata de hambre a niños, arrasa hogares y masacra civiles no serán bendecidos. Serán maldecidos.** Pueden protegerse de la rendición de cuentas públicas con riqueza y poder por un tiempo, pero pasarán el resto de sus vidas **huyendo y escondiéndose de la justicia** – en los tribunales, en la conciencia y en la historia. Y eso será solo **un anticipo** de lo que les espera en la vida venidera. Porque **el Dios de Abraham no bendice la tiranía**. El pacto nunca fue un escudo para los opresores, fue una carga llevada por los fieles. Y aquellos que han torcido ese pacto para justificar un imperio responderán no a los comentaristas o políticos, sino al mismo Dios cuyo nombre profanan.